Plan Especial de Protección de Bandama (1982)

 

Tras la experiencia metodológica e investigadora llevada a cabo para la redacción del PE del Jardín Canario y del PE de Pilancones-Ayagaures, el de Bandama significó el tercer Plan Especial de protección realizado en Gran Canaria, y como en aquellos, el paisaje se constituyó en el principal protagonista.

En Bandama confluían de manera integrada la necesidad de protección paisajística y la de ordenación urbana; por ello, el PE, lejos de ser un instrumento “preventivo” frente a las eventuales degradaciones que ocurren en los lentos procesos de tramitación administrativa, se concibió como un instrumento ordenador de usos agrícolas, residenciales y culturales para la previsión y preservación de servicios y valores colectivos.

El valor del paisaje de Bandama se caracterizaba por: a) el componente vulcanológico de alto interés científico; b) la definición de su área por el “soporte” de ceniza volcánica, único en Gran Canaria; c) la configuración de paisaje humanizado gracias al cultivo histórico de la vid; y d) el equilibrio cromático y de planos y volúmenes, ampliamente arraigado en la memoria colectiva insular. Argumentos que se incluyeron entre los principios metodológicos para la redacción del PE.

Si el valor patrimonial era evidente, las agresiones también: a) impacto directo e indirecto del proceso urbanizador; b) abandono y deterioro del medio agrícola; c) extracción de picón o aportación de tierras provocando su ocultamiento; y d) impacto de las nuevas formas de cerrar o acotar lo privado (tapias, muros, etc.).

Tras la realización de los estudios previos de información, la rotundidad y coherencia morfológica del territorio no admitió otra alternativa de ordenación residencial y de usos agrícolas que la deducida de la propia estructura tradicional; por ello, el PE centró la protección pasiva en maximizar el uso residencial (compatible con el respeto de los valores protegibles) allí donde fuera posible, y otras propuestas encaminadas a la integración ambiental de aquellos hechos físicos que constituían agresiones directas o indirectas a los valores específicos del ámbito protegido. En cuanto a la protección activa, el PE contempló una hipótesis de equipamiento general y de gestión que permitiera satisfacer los objetivos sociales que justificaban la protección de ese espacio, adecuándolo para un consecuente uso y disfrute ciudadano.

Años después a la presentación del PE, en 1987 JM Aceytuno escribió un artículo bajo el título “El lago Bandama”, de cuyo extracto se deduce lo acaecido con el paisaje que ese PE pretendía protejer.

“Empezar el Plan Especial de Protección de un lugar, y no acabarlo, viene a se como echarle hierbas a un campo de fútbol: una cosa es que el césped esté descuidado, y en algún momento lo veamos como a cachos, y otra, provocar que se llene de matos. Es el caso del PEP de Bandama, que a iniciativa del Cabildo Insular se comenzó a redactar en el año 1982 y, tras la presentación de su Avance de Planificación Urbanística en1983, se interrumpió la tramitación del expediente.(…)

Urbanizaciones premeditadamente ilegales, kitsches facturados por conocidas inmobiliarias, nombres ilustres de la vida política y económica de nuestra ciudad-isla en los buzones de correos, tapias que rompen la continuidad lávica de las laderas del volcán..., conviven con el destrozo anónimo de nuevas pistas y desmontes, barranquillos residuales, vallas publicitarias, y todas esas nuevas casas que quieren hacer del viñedo de El Monte, una montaña más edificada.


(…) a la vista de lo que ocurre, los ciudadanos de esta isla hemos practicado desde siempre la desobediencia civil a la Ley del Suelo y a los planeamientos urbanísticos que, teóricamente, la desarrollaban.

(…) El paisaje de Bandama-Monte, Pico y Caldera –a modo de histórico “lago visual”– conformado por la perfecta simbiosis de una obra de la naturaleza y una obra agrícola humana, singular atalaya de un valioso trozo de la identidad tradicional grancanaria, aguarda en silencio, herido, el asalto final.

Esta situación, a algunos ciudadanos, nos parece lamentable, y a los urbanistas de profesión, frustrante. Nos sentimos unos y otros como el médico al que se le muere siempre el paciente en la mesa de operaciones, cuando no se lo traen en camilla, ya casi muerto”.

 

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